Excelencia, fama o éxito. ¿Qué prefieres?

10 julio 2020

Omar Espinosa

Y se dispuso para ser un locutor reconocido, para que todo el que le escuchase supiera de su prestigio, reputación, de su trabajo, su voz, acciones; imaginó que solo así sería perpetuado, siempre recordado y elogiado. Entonces se dijo a sí mismo: “voy a ser famoso para acceder a la popularidad de los grandes” y con ello también pensó que obtendría ganancias económicas suficientes con las que igualmente demostraría una superioridad profesional, la conquista de una cima que la gran mayoría de jóvenes sueñan cuando inician una carrera profesional. Así pues, soñó con el éxito, pero nunca se detuvo acaso, a buscar la definición y diferencias de cada término. Ya empezaba mal.

Confundir la fama con el éxito es muy común para quien busca el reconocimiento de otros, cuando quiere captar la atención suficiente de la sociedad en la que se desenvuelve para ir escalando escaños en la colectividad y alcanzar triunfos que satisfagan parámetros empresariales y económicos, pero hay un elemento que siempre se deja para el final del camino o para cuando detectamos que no todo es como pensamos, pues basta el amor a uno mismo, ni mucho menos verse en la cúspide profesional. Se nos olvida ser auténticos para encontrar la felicidad propia y no la que se adquiere a través de los elogios que otros nos ofrecen.

En México no aprendemos nunca a superar los fracasos y mucho menos nos preparamos para el éxito, pues la mayoría de las ocasiones, estamos acostumbrados a hacer lo que los demás nos dicen o aceptar lo que otros piensan de nosotros. Nos dejamos influenciar por quienes no aceptan que se pueden tener éxitos profesionales y profesionales sin la necesidad del reconocimiento social y entonces andan por las calles, sus trabajos y círculos vitales tirando envidias, proyectando sus frustraciones y endilgando derrotas a otros individuos, que fieles al pensamiento del “qué dirán” hace, dice, actúa y vive literalmente una vida que no es la suya, aceptando y dejándose afectar por la toxicidad de aquellos que por sus propios miedos no hace, ni deja hacer.

Quien sabe reconocer el éxito antes que la fama, entiende y comprende cómo asumir la responsabilidad de sus acciones y no se siente frustrado ante lo que no tiene; se prepara, estudia, analiza, reconoce sus limitaciones, establece metas, define estrategias y no marca límites. La persona que identifica la fama como algo pasajero, puede incluso disfrutar de algunos de esos momentos de prestigio comunitario y aprovechar los frutos que le otorguen reconocimiento público, pues sin duda ya trabajó lo suficiente para ello, pero no se estaciona en lo superficial que significa el ser famoso. Pasa en todos lados y en el medio de la locución es más común de lo que parece.

Hay quienes quieren ganar dinero sin trabajar y piensan que por cursar una carrera profesional serán merecedores de las mieles del éxito y la fama, pero cuando están en la etapa de estudio, no hacen nada por ser autodidactas, buscar sus oportunidades y hasta hay quienes piensan que no es necesario el esfuerzo diario para seguir desarrollándose, de tal forma que no se preparan académicamente, no estudian y esperan a que todo “les caiga del cielo”. Quienes han alcanzado el éxito, saben que nada florece de la apariencia, sino que surge luego de dedicar esfuerzo constante, después de aplicar la perseverancia, la acción constante, mostrando disposición a fracasar y voluntad para levantarse nuevamente tras cada caída.

“Eres lo que haces cada día. De modo que la excelencia no es un acto, sino un hábito”, frase del filósofo griego Aristóteles para explicar el por qué los hombres y mujeres alcanzan niveles superiores de satisfacción. La excelencia entonces es mucho más importante que ser famoso y ésta se obtiene tras sentirse y saberse exitoso, después de esforzarse en las acciones diarias, prepararse, acumulando y compartiendo el conocimiento adquirido, pero sobre todo, respetando lo que los demás hacen, no buscando ser lo que otros nos dijeron debíamos ser, ni esperando que se nos presenten mágicamente las oportunidades.

Y entonces el locutor se preguntó: ¿qué me convierte en un individuo merecedor de la estima de los demás, el aprecio de mi público, el reconocimiento empresarial? La respuesta le llegó tras una caminata dominical en la que reflexionó y meditó: “ser excelente es prepararme en todo momento para el éxito, estar dispuesto para alcanzar la fama y nunca perder jamás el piso”. Así que ya no hace caso a las palabras derrotistas que rondan por doquier, dejó de imitar, abandonó las críticas insanas hacia las acciones de los demás, olvidó maldecir por no tener lo que otros y comprendió que si lo tienen es porque se esfuerzan. El locutor se dedicó a ser él mismo. ¿Simple no?

Nos escuchamos la próxima, en tanto tenga usted, ¡muy buen día!

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